Cuando eres un niño sueñas con hacerte mayor, trabajar en algo que te guste, tener una casa que decorar a tu manera y en la que tener no uno, sino varios perros.
Sin embargo, creces, estudias lo que siempre has querido estudiar y cuando sales al mercado laboral te encuentras con que no tienes derecho a todo eso que has deseado porque todavía eres muy joven. Al parecer con 23 años no tienes derecho a tener una casa propia y mucho menos tener una familia. Y quienes se saltan estas normas o son vistos como locos o es que han sacrificado muchas cosas para poder conseguir todo eso antes de lo socialmente permitido.
Esta es la sensación que tengo desde hace un mes más o menos, desde que alguien de mi entorno laboral emitió dicha condena: “vosotras sois jóvenes todavía”. Claro, y como somos jóvenes no tenemos derecho a hacer realidad nuestros sueños cuanto antes, porque los trabajos a los que podemos acceder tienen sueldos de mierda, perdón por la expresión, pero es así, sueldos con los que emanciparse a los 23 años no sólo no es posible sino que simplemente es un sueño.
Y de nada te sirve llevar bajo el brazo una titulación universitaria, que en mi caso ha costado cinco años sacar, porque seas o no titulado, tu futuro inmediato es ese: cobrar poco y no aspirar a lo que tú quieres, sino a lo que te permiten.
Es increíble. Llevo mucho tiempo reflexionando y siempre llego a la conclusión de que es increíble que se presuma desde las altas esferas políticas, desde el gobierno y desde todos los rincones que vivimos en una gran sociedad, porque mirándolo detenidamente… ¿qué sociedad es buena cuando obliga a sus jóvenes a aplazar sus sueños e ideales?
Creo que ninguna, pero mientras todos sigamos cediendo y conformándonos con esto, no sólo las cosas no cambiarán sino que seguiremos siendo nosotros, los jóvenes, los que pagaremos las consecuencias de una sociedad mal montada.